miércoles, 9 de mayo de 2018

EL PIANISTA RUMANO RADU LUPU INTERPRETA A UNCHUBERT ABANDÓNICO EN EL AUDITORIO NACIONAL DE MADRID, por Alicia Perris


Ciclo grandes Intérpretes 2018. Fundación Scherzo. 8 de mayo, 2018

PROGRAMA
F. Schubert (1797- 1828)
… Seis momentos musicales, op. 94 D 780
… Sonata en La menor op. 143, D 784
Pausa
II Parte
… Sonata en La mayor, D 959

“Mi tranquilidad ha desaparecido, mi corazón está oprimido, no lo encuentro nunca; así ahora puedo cantar todos los días, pues todas las noches, cuando me voy a dormir, confío en no despertar jamás, y cada mañana me anuncia sólo la misma pena del día anterior”.
Fragmento de una carta escrita por Franz Schubert en 1824 a su amigo Leopold Kupelwieser.

El programa de mano de la velada de la Fundación Scherzo, siempre jugoso y exhaustivo, da plena cuenta de las incidencias vitales y musicales, tanto del compositor como de su intérprete.
A ver si es posible complementar estos enfoques e innovar algo, dentro del clasicismo habitual en la crítica ad hoc.
Lupu comenzó a estudiar piano a los seis años con Lia Busuioceanu y dio su primer concierto en público a la edad de doce años, con sus propias obras. Tras completar el instituto en Galati y graduarse en la Escuela Popular de Arte en Brașov, Lupu continuó sus lecciones en el Conservatorio de Bucarest con Florica Musicescu, quien también fue maestra de Dinu Lipatti y Cella Delavrancea.
En 1961, obtuvo una beca para estudiar en el Conservatorio P. I. Tchaikovsky de Moscú, donde recibió clases de Galina Eghyazarova, Heinrich Neuhaus (profesor de Sviatoslav Richter y Emil Gilels) y Stanislav Neuhaus y gana importantes concursos internacionales: Van Cliburn (1966), Enescu (1967) y Leeds (1969).

Sus grabaciones para Decca han sido siempre ovacionadas por el público, a pesar de no ser frecuentes y basarse en un limitado repertorio, donde destacan Brahms y Schubert. Lupu estudió siguiendo la Escuela pianística rusa, pero también es conocido por sus interpretaciones de los compositores alemanes y austriacos del Siglo XIX, Johannes Brahms, Ludwig van Beethoven, y Wolfgang Amadeus Mozart del Siglo XVIII. Son además muy apreciadas las lecturas que realiza del compositor checo Leoš Janáček y el húngaro Béla Bártok.

En 1972 Lupu debutó en Estados Unidos con la Orquesta de Cleveland, con Daniel Barenboim dirigiendo en la ciudad de Nueva York, y con la Orquesta Sinfónica de Chicago, con Carlo Maria Giulini a la batuta. Aun habiendo tocado con las mejores orquestas del mundo y en los más destacados festivales de música, Lupu es una figura solitaria. No ha querido conceder entrevistas durante décadas. ¡Compartió en numerosas ocasiones música de cámara con músicos brillantes, como el violinista Szymon Goldberg, la soprano Barbara Hendricks o el pianista Murray Perahia.
Gran concierto del intérprete rumano, nacido en 1945, en Galati y residente en la actualidad en Lausanne, Suiza. En un regular estado físico (parece que Lupu abandonó el ingreso hospitalario hace dos semanas) y sentado en una silla con un respaldo recto, que le imposibilita la elasticidad de movimientos, el músico abordó un programa que, en cierta forma, lo coloca en comunión íntima con su peculiar forma de estar en el mundo y a la vez, lo encadena a los sentimientos del Schubert intimista y depresivo que homenajeó en la velada de anoche. Tal vez podría haber alternado Schubert con otro compositor para airear a un público menos experto o melómano, pero eligió un monográfico schubertiano y los presentes, al final del concierto, lo premiaron con una ovación. Un solo “encore” selló la velada, un Impromptu, también del mismo autor.

Franz Schubert, compositor precoz, cargado de pérdidas familiares, ausencias de posibles económicos y otros, un autor típicamente romántico, engullido como todos ellos, por el spleen vital, que tanto desarrollaría el poeta francés Beaudelaire en Les fleurs du mal y otros escritos, pero más centroeuropeo, a la vienesa, un poco como Mozart, vividor, aislado en medio de la gente, precoz para crear y también para abandonar la escena del mundo, en un mutis inexorable, acelerado por las enfermedades y las penurias.

Logró captar como pocos la esencia de lo humano, la fugacidad del tiempo que se escapa entre los dedos y en este caso, también, entre los pentagramas.
Lupu, el lobo, porque así convive con esta imaginería visual reconcentrada que transmite al público del animal recóndito, vuelto hacia sí mismo, silencioso, desconfiado y embargado por la cautela. La que transmite en la ejecución modélica, aunque abandonada por la perfección mecánica desde hace años, que ya son 72 los que ha cumplido y muchas décadas desde que debutó con la ONE (la Orquesta Nacional de España) en un territorio que le era desconocido.


“¿Cielo o infierno, ¿qué importa?”, escribió efectivamente Beaudelaire, frase que concuerda a la perfección con ese clima denso y a la vez evanescente que recrea Lupu desde la aparente sencillez infantil de sus Momentos Musicales schubertianos, (efectivamente, muy personales, nada festivos), hasta la complejidad casi orquestal y sinfónica de sus dos sonatas, impregnadas las dos por una melancolía perfectamente traducida en una composición que no da tregua a los intérpretes.

De los fortissimi a los pianissimi, acordes reiterados, contrastes dramáticos, valses intempestivos, reexposiciones y trémolos, evocadoras melodías de perfume centroeuropeo, danzas, cantábili, aires diferentes, tresillos, movimientos perpetuos, intermedios cortos y pausas, para intentar retomar el aliento, Schubert a través de Lupu sumerge al oyente en un tobogán constante de una afectividad nunca resuelta, coja.
La escucha cómplice del concierto de Lupu, en una primavera, a medias fallida de Madrid, nos sumerge en una geografía de sensaciones. La racionalidad se aparta y las habilidades compositivas y técnicas se diluyen en una atmósfera poética que se intentará recrear aquí, como un invento curioso, extraño, extemporáneo, con algunos de los nombres que dan título a los poemas de Beaudelaire.

Así, en una lista improvisada y en desorden: “Soy como el rey de un país lluvioso, El alma del vino, La musa venal y enferma, La plegaria de un pagano, El crepúsculo de la mañana y de la tarde, El veneno, El vampiro, La serpiente que baila, El viaje, Lo irremediable, Alquimia del dolor, Alegoría, Bendición, brumas y lluvias, Danza Macabra, Correspondencias y finalmente, como tituló en su primer libro el escritor y periodista argentino, “Triste, solitario y final””.

La concreción de una fragilidad intensa.

Foto y texto, Alicia Perris

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